En esta entrevista a Mediapart [realizada previamente a las multitudinarias manifestaciones del 24 de octubre], el candidato de La France insoumise (LFI) a las elecciones presidenciales habla largo y tendido sobre las movilizaciones sociales que están sacudiendo el país. Lo ve como un “momento decisivo”, del que el poder saldrá inevitablemente perdiendo si no da una salida política a las reivindicaciones.
Mediapart: ¿Cómo interpretas el momento que estamos viviendo? ¿Es una revuelta, un momento insurreccional?
Jean-Luc Mélenchon: Ya hemos visto en el pasado la dinámica que se está poniendo en marcha hoy. Es una crisis social que se ha convertido en crisis política y que ahora puede derivar en una crisis del régimen. Toda la estructura política está en entredicho porque es incapaz de ofrecer una salida constructiva a una situación de bloqueo.
En el pasado, algunos presidentes supieron dar un paso atrás cuando la situación se ponía crítica: François Mitterrand en 1984, Jacques Chirac en 1986 o en 2006. Ahora, Emmanuel Macron habla, tras quince días de desprecio, pero no propone nada. Ha sido un error monumental. No ha ofrecido ninguna base de compromiso al movimiento para llegar a un acuerdo. Es el quien está creando el una situación de bloqueo.
Lo más importante de este movimiento es que se está extendiendo en los sectores donde el maltrato social es mayor. La revuelta de los estudiantes de secundariaempezó en Mayotte, luego se extendió a las Antillas y después a los suburbios de París, antes de llegar a los barrios del centro y a los universitarios. A continuación, se produjo la unión con los sindicatos de trabajadores en la primera manifestación, algo sin precedentes. El poder ha accionado tres palancas para responder: el deterioro de la situación, la represión desproporcionada y la demonización de LFI.
Desde el principio, optó por infundir mucho miedo con su violencia y se ha afianzado en esa línea. Cuando Laurent Nuñez, Ministro del interior, dice: “¡Tranquilos, el sábado 24 habrá firmeza!”, hay que temer lo peor, teniendo en cuenta el nivel de violencia represiva ya alcanzado, con jóvenes que han perdido un ojo, mutilaciones y un muerto. Se está recurriendo a efectivos policiales que no son profesionales en este tipo de situaciones: la BAC [Brigada anticriminalidad – nota del editor], la policía de urgencias, la comisaría del barrio. Ejemplos: ese disparo a quemarropa contra un joven de 17 años o esa granada lanzada desde un tejado, no son comportamientos profesionales. Es el comportamiento de un grupo de jóvenes en una pelea callejera, mal dirigidos por unos mandos políticos desbordados. Esto confirma lo que decía la última vez en vuestras páginas: el poder no controla a su policía.
Nos dicen que el presidente de la República se ha alarmado por ello. Sin embargo, cuando pide que se retiren las granadas aturdidoras, esa moratoria no dura más de veinticuatro horas. El problema es que la represión desproporcionada se ha topado con la oposición de la sociedad. ¡Incluso entre la gente que más aboga por la represión, no se acepta que se dispare a la cara a un chaval de 17 años! La estrategia de dejar que las cosas se pudran exaspera, y la acusación constante contra LFI cansa. Y además, la izquierda social se ha unido. En resumen: a medida que pasa el tiempo, al poder se le estrecha el margen de maniobra: o firma el pliego de reivindicaciones o se va.
El Gobierno y la extrema derecha acusan sin parar a LFI de instrumentalizar a la juventud y de alimentar la violencia. ¿Qué les respondes? ¿Qué papel debe desempeñar La France insoumise en un momento así?
¿Por qué íbamos a hacerlo? ¿Qué interés tendríamos en empezar una campaña electoral con tal nivel de tensión, con heridos e incluso un muerto? Sí, apoyamos a la juventud y sus reivindicaciones. ¿Y qué? Es algo normal para un movimiento político parlamentario. Sobre todo, hemos protegido les hemos protegido acercándonos a ellos, interponiéndonos ante la violencia cada vez que nos lo han pedido. De hecho, nos llaman de todas partes, tanto los jóvenes como sus padres, para que intervengamos, les saquemos de las redadas, vigilemos las condiciones de la detención policial y interpelemos directamente al Gobierno en el Parlamento.
Nuestro objetivo no es apropiarnos de un movimiento. Sabemos que eso es imposible. El viejo modelo de aquellos años en los que los partidos instrumentalizaban un movimiento juvenil al estilo de Baron noir ya no existe. La época en la que los líderes socialistas se peleaban entre ellos por controlar tal o cual facción de la movilización ha terminado. El único objetivo posible para nosotros es ser lo suficientemente útiles como para que el movimiento nos recupere y nos utilice hasta el punto de hacernos suyos.
Hemos teorizado esta ruptura con cincuenta años de historia de la izquierda tradicional. Nuestro objetivo no es dirigir un movimiento, sino estar en sintonía con sus protagonistas. Esa es nuestra línea de acción. Y es muy exigente en la práctica.
Precisamente, vuelve a surgir el debate sobre la prohibición de La France Insoumise, impulsado por el presidente del Senado. Y el jueves os convocaron a Matignon para condenar la violencia ante el resto de formaciones políticas…
Estamos viviendo una escalada verbal que ya se les ha ido de las manos a los medios y a los políticos que la iniciaron. Es un momento peligroso. A Francia no le conviene que un movimiento social acabe mal. El mundo entero nos está mirando. Pero el guion de los provocadores no funciona. Por todas partes hay demócratas de todos los colores políticos que aman a su país y se niegan a exculpar al poder macronista demonizando a LFI. En cuanto a nosotros, nos hemos convertido en un grupo curtido. Ya hemos pasado por la emboscada del caso Deranque en Lyon, la avalancha de acusaciones con el pretexto de apología del terrorismo tras el 7 de octubre, y un largo etcétera.
Ahora, la opinión pública incluso se ha vuelto burlona con quienes se desentienden de todos los problemas con la excusa de “es la culpa es de Mélenchon”. Esta vez, muchos no esperaban que la ofensiva se dirigiera contra nosotros; gente de todo tipo se niega a colaborar con ella (aunque no estén de nuestro lado) y nos defiende.
¿Y quién hubiera pensado que la izquierda tradicional se uniría en torno al movimiento juvenil después de haber visto, hace tan poco, cómo condenaba las revueltas urbanas? A partir de ahí, la maniobra macronista ha fracasado. Todo el mundo lo sabe y lo dice: el tema no es LFI, son las reivindicaciones. Y en primer lugar, la derogación de Parcoursup, pero también el plan de 10 000 millones para mejorar las condiciones de estudio. Sin olvidar la congelación de los precios para hacer frente al encarecimiento de la vida. El poder ha reunido en su contra todas las indignaciones: social, humana, política, ciudadana…
La cuestión de la violencia y los saqueos está en el centro del debate desde el sábado [17 de octubre]. Llevan varios días pidiéndote que los condenes. ¿Pero qué sentido tiene condenarlos? ¿Tienen cabida la violencia popular, los disturbios o el impulso insurreccional en la larga historia de las movilizaciones sociales de izquierda?
LFI no se suma a las estrategias de guerrilla urbana ni al acoso a los símbolos burgueses. Pertenezco a una generación que ha visto su fracaso y sus consecuencias hasta el final, sobre todo en América Latina. Abogamos por la no violencia. No por ser más amables, sino para ser más eficaces. Tampoco confundamos la brutalidad con la eficacia. La revolución ciudadana de LFI es una revolución que se tiene que poder ganar mientras llevas a tu hijo en brazos en una manifestación.
Su victoria no es un golpe de fuerza de cientos de manifestantes violentos, sino la que viene de la cantidad y la fuerza insuperable de los lazos que unen, a través de la acción, a cientos de miles de personas. Sin embargo, la violencia provoca exactamente lo contrario: reduce el alcance de la participación y el compromiso popular.
Alejarse de ciertas formas de lucha no significa alejarse de la lucha en sí. No queremos ser una vanguardia que imponga una conciencia, consignas y objetivos que vengan de fuera del propio movimiento social. Nuestro papel es ponernos al servicio del movimiento, ayudarle en las transiciones entre sus distintas fases y que se nos identifique como una vía política en las instituciones de poder. Porque al final de la crisis del régimen, tenemos una solución pacífica y positiva. La resumo así: la Asamblea Constituyente y la VIª República.
Esta sociedad neoliberal es violenta en los barrios populares. Mata de hambre, empobrece y maltrata a la juventud. Una de cada dos personas pobres tiene menos de 30 años. La juventud ha pasado de ser una categoría de edad a convertirse en una clase social precaria. En los años 80, se conseguía el primer trabajo estable a los 20 años, ahora, a los 27. Los jóvenes ven claramente el camino de las obligaciones, pero no el de los derechos. Y cuando se les compromete con el derecho a la educación, se les niega el derecho a la realización personal con esa cruel lotería que es Parcoursup.
Se ha resumido el Mayo del 68 como la generación del placer de vivir; la generación de hoy se está convirtiendo en la de las desventajas de vivir en esta época. Mires donde mires, solo hay discriminación. ¡Y, sin embargo, las ganas de vivir de otra manera siguen siendo más fuertes que nunca!
¿Cómo calificarías la respuesta del Gobierno, que se ha basado en una represión brutal de las movilizaciones?
Macron quiere mostrar firmeza a base de gases lacrimógenos, mutilaciones sin remordimientos y frases grandilocuentes. Pero estamos hablando de nuestros jóvenes que bloquean la puerta de un instituto, no de una tropa de enemigos. Y hay que reconocer que ahora existe una cultura de la lucha al estilo de los Chalecos Amarillos.
Se podía intuir que uno de los posibles escenarios sería la reanudación de un ciclo con actos sucesivos, sábado tras sábado. Se ha convertido en una tradición popular. Aquí estamos. Sin líderes, sin portavoces. El movimiento es una autoproducción permanente. La prioridad del poder es prohibirle por completo el sentido político que encierra: la condena de la política neoliberal que ha arruinado el sistema educativo francés. La juventud tira del hilo de un ovillo emblemático.
A medida que se acercaba el 17 de octubre, todo el mundo intuía que iba a ser algo enorme. La fecha llevaba más de un mes rondando por las redes sociales. Veíamos cómo nos llegaba información de todas partes. La sorpresa llegó cuando las negociaciones sobre la organización práctica de la manifestación, lideradas por los sindicatos de jóvenes y de trabajadores, se estancaron hasta la víspera del evento. El prefecto de policía, visiblemente inexperto o quizá manipulador, acabó autorizando, ya fuera de plazo, una concentración y una marcha desde la plaza de la República hasta la plaza de Clichy.
Nos daba miedo la plaza de Clichy: es muy estrecha y, sobre todo, dirige los desbordamientos hacia el Elíseo. Allí, el caos estaba garantizado. Pero esto es algo tan antiguo como las manifestaciones en París: nunca se permite acercarse al Elíseo ni a la plaza Beauvau [Ministerio del interior]. Sinceramente, hay que ser muy novato para no entender lo que se estaba tramando con un recorrido autorizado así. Pero el día en cuestión, el mando lo empeoró todo él mismo al impedir el acceso al punto de partida a base de granadas lacrimógenas. En definitiva, tanto a la salida como a la llegada, ellos mismos provocaron la formación de decenas de marchas espontáneas y crearon el caos al dar prioridad a la persecución de los manifestantes en lugar de proteger los comercios.
¿Qué harías con la policía una vez que lleges al poder? ¿Cómo la pondrías al servicio de un proyecto político como el tuyo?
Estoy preocupado con respecto a la policía desde el caso Traoré. Pero la muerte de la joven Rayana, en 2022, fue para mí un punto de inflexión. Un joven policía que dispara contra un coche y provoca la muerte de la pasajera porque el conductor se negó a obedecer, eso sigue indignándome tanto como siempre. Si ya nadie reaccionara, es que habríamos cambiado de mundo. Esto ya no es Francia, ya no es una policía republicana, es otra cosa. Desde ese día, he cambiado. Mucha. Gente de LFI ya pensaban así. Hemos entendido que hay que reformar la policía de arriba abajo. Se le ha comprometido y deshonrado tanto que habrá que crear una autoridad totalmente nueva para que la gente la respete.
Cuando lleguemos al poder, volveremos a crear una fuerza tranquila y cercana a la gente. Nos aseguraremos de que reciba formación continua. Le ofreceremos perspectivas de carrera e incluso la posibilidad de cambiar de trayectoria profesional, en la que se pueda progresar gracias al esfuerzo en la formación. Dejaremos de hacer carreras al revés, en las que las y los más jóvenes empiezan en los lugares más difíciles. La convertiremos en una policía que conviva con la gente, pero manteniendo una cierta distancia. Y se sensibilizará a cada uno de sus miembros sobre el problema que suponen, en una sociedad libre, el racismo, el sexismo y las discriminaciones que minan la vida en común. Nos tomaremos en serio a las personas que formen parte de ella y les pediremos que se tomen en serio a la población a la que estarán al servicio.
¿Vas a abordar el tema de las armas de las que dispone la policía?
Sí. ¿Qué armas? ¿Para qué? ¿Granadas aturdidoras, incapacitantes, para romper cordones de seguridad? Hay muchos países donde no existe nada de eso. Esas armas acaban siempre siendo armas letales. ¿Se necesitan armas para ciertas misiones policiales? Es tarea de los especialistas decirnos exactamente quién necesita qué armas y en qué circunstancias.
Y ya es hora de contar con una instancia de recurso creíble. La IGPN [policía de la polícía] no lo es. En definitiva, todos lo sabemos: la situación actual es insostenible. Debemos y podemos hacerlo de otra manera para generar confianza. Los métodos para lograrlo son de una banalidad absoluta: la educación, la formación continua, una doctrina de actuación policial que nos evite en la medida de lo posible el uso de la fuerza.
¿A qué referentes históricos vinculas tu análisis de la situación?
Se ha comparado mucho el movimiento de los estudiantes de secundaria con el Mayo del 68, pero no tiene nada que ver. Yo lo relaciono más bien con los Chalecos Amarillos: son los mismos mecanismos, la misma espontaneidad. En mayo del 68 había muchos menos estudiantes que hoy; era una época de ascenso social. Y había 10 millones de trabajadores en huelga, liderados por la CGT de la revolucionaria Carta de Amiens y la CFDT del socialismo autogestionado. ¡Otro mundo! Los destrozos en las calles de París eran cien veces mayores que los de hoy.
La otra diferencia está en la respuesta: al otro lado, en aquella época, estaba la autoridad de De Gaulle y un Primer Ministro, Georges Pompidou, que hizo lo único razonable: negociar y conceder de la noche a la mañana cosas increíbles, como un aumento del 35 % del Smig (antecesor del SMI) y el derecho a crear secciones sindicales en las empresas. Hoy tenemos a un presidente desacreditado, al final de su mandato, que se ha dirigido al país para no decir nada. Y a un Primer Ministro sin capacidad de iniciativa ni autoridad, ni en el Estado ni ante la opinión pública. Todas las alarmas están encendidas.
Por último, la juventud que lleva las riendas actúa de forma diferente a como lo hacía antes. Miles de estudiantes de instituto han contado sin tapujos a sus padres la brutalidad policial. Los padres son la generación que se salió con la suya con el CPE. Y nuestra época también es la de un cambio en las normas sociales entre generaciones. Las y los jóvenes influyen en sus padres. Esto juega un papel enorme en el arraigo popular y familiar de la simpatía por el movimiento. Y en un momento de actividad popular masiva, esto genera mucha organización y solidaridad espontánea.
El regreso de los toques de queda, el debate sobre el estado de emergencia, la severidad de las comparecencias inmediatas… Todo esto recuerda cómo el Estado gestionó las revueltas en Kanaky (Nueva Caledonia), las revueltas de los barrios populares y otras más en el pasado. Hasta la represión colonial de los movimientos independentistas, el 17 de octubre de 1961, por ejemplo. ¿Todo esto forma parte de un continuo?
¿Has visto a David Lisnard [alcalde de Cannes, candidato a la presidencia] diciendo “me da igual, yo aún no había nacido” sobre el 17 de octubre de 1961? En ese caso, ¿también nos da igual lo de Alsacia y Lorena porque no habíamos nacido durante la ocupación alemana? Hablando en serio, es una señal alarmante de indiferencia hacia la historia de tu propio país. Todos los mecanismos de represión son herencia de las luchas coloniales. El estado de emergencia se inventó para la guerra de Argelia, en un momento en el que se confundía al pueblo con el enemigo. Esa historia, esa comprensión, ese conocimiento se han diluido, se han ocultado por sí mismos.
Sébastien Lecornu [Primer Ministro] es un ejemplo típico de esta amnesia. Ya es el que ha enviado fuerzas militares a Kanaky (Nueva Caledonia) y a la CRS 8 en Guadalupe y Martinica. Está impregnado de una mentalidad colonial hacia las clases populares, sin siquiera darse cuenta. Nosotros, por el contrario, hemos entendido a la generación que canta La Marsellesa delante de los institutos y al final de nuestros mítines. Es la nueva Francia, la nunca vista, donde la acción empieza en Créteil y recibe el apoyo de la Catho o de Assas en París, que se movilizan en solidaridad con los institutos de los suburbios. Así que esta conexión que se ha creado entre nosotros y la mayoría no necesita ninguna preparación, ni instrumentalización, ni propaganda ni nada por el estilo.
La estrategia de agotamiento elegida por Lecornu y Macron solo ha tenido un resultado político: hacer que el calendario del movimiento coincida con el del [debate del] presupuesto en la Asamblea Nacional. A partir de ahora, si el Gobierno no sabe cómo detener el movimiento, el movimiento sabe que puede contar con una moción de censura para acabar con el Gobierno.
Porque la moción de censura es inevitable si Lecornu se niega a incluir las reivindicaciones en los presupuestos. Solo el RN puede salvarlo. Pero para eso, por un lado, tiene que funcionar la demonización de LFI y, por otro, que el RN sea aceptado como el partido del orden por la fuerza. Y veámoslo también con perspectiva: ¿quiere el país infligir una derrota a su juventud y prometerle una vida al estilo de Parcoursup? En definitiva, sí, este momento es decisivo a su manera.
« Le pouvoir a actionné trois leviers pour répondre aux mobilisations : le pourrissement, la répression disproportionnée et la diabolisation de LFI. »
« Mediapart » : Quelle lecture faites-vous du moment que nous vivons ? Est-ce une révolte, un moment insurrectionnel ?
Jean-Luc Mélenchon : On a déjà vu par le passé la mécanique à l’œuvre aujourd’hui. C’est une crise sociale devenue crise politique qui peut désormais devenir une crise de régime. Toute la structure politique est mise en cause parce qu’elle est incapable de proposer une sortie par le haut à une situation de blocage. Dans le passé, des présidents ont su reculer quand la situation devenait critique : François Mitterrand en 1984, Jacques Chirac en 1986 ou en 2006.
Là, Emmanuel Macron parle après quinze jours de mépris mais ne propose rien. Ce fut une erreur monumentale. Il n’a donné aucun appui au mouvement pour un compromis. Il crée lui- même l’impasse. Le fait central de ce mouvement est son expansion par les secteurs où la maltraitance sociale est la plus grande. La révolte lycéenne a commencé à Mayotte, puis a gagné les Antilles et ensuite la banlieue parisienne avant d’atteindre les quartiers centraux et les étudiants.
Ensuite, la jonction avec les syndicats de salariés s’est faite à la première manifestation, ce qui est sans précédent. Le pouvoir a actionné trois leviers pour y répondre : le pourrissement, la répression disproportionnée et la diabolisation de LFI. Dès le départ, il choisit de faire très peur par sa violence et il s’est installé dans ce registre. Il faut craindre le pire quand Laurent Nuñez dit « Rassurez-vous, samedi, ça sera la fermeté ! », compte tenu du niveau de violence répressive déjà atteint avec des jeunes éborgnés, des mutilations et un mort.
Il y a un emploi d’effectifs de police qui ne sont pas des professionnels de ce type de situation : la BAC [brigade anticriminalité – ndlr], police-secours, le commissariat du coin. Exemples : ce tir à bout portant sur un jeune de 17 ans ou cette grenade jetée d’un toit, ce ne sont pas des comportements professionnels. C’est celui d’une troupe d’hommes jeunes dans une bagarre de rue, mal dirigés par des commandements politiques débordés.
Cela confirme ce que je disais la dernière fois dans vos colonnes : le pouvoir ne maîtrise pas sa police. Le président de la République, nous dit-on, s’en est alarmé. Toutefois, quand il demande le retrait des grenades assourdissantes, ce moratoire ne dure pas plus de vingt-quatre heures. Mais voilà : la répression disproportionnée a rencontré l’opposition de la société. Même chez les plus répressifs, tirer dans la figure d’un jeune de 17 ans, ça ne passe pas !
La stratégie du pourrissement exaspère, et l’incrimination permanente de LFI saoule. Et puis la gauche sociale a fait bloc. Total : plus les jours passent, plus le pouvoir n’aura plus qu’un seul choix, signer en bas du cahier de revendications ou s’en aller.
Le gouvernement et l’extrême droite vous accusent, à longueur d’antenne, d’instrumentaliser les jeunes et d’attiser la violence. Que leur répondez-vous ? Quelle place doit occuper La France insoumise dans un tel moment ?
Pourquoi l’aurions-nous fait ? Quel intérêt aurions- nous à commencer une campagne électorale avec un tel niveau de tension, avec des blessés et même un mort ? Oui, nous soutenons la jeunesse et ses revendications. Et alors ? C’est une activité normale pour un mouvement politique parlementaire. Nous avons surtout protégé des jeunes en allant à leur contact, en nous interposant face aux violences chaque fois que nous avons été sollicités.
Dans les faits, nous sommes appelés de toutes parts par les jeunes ou leurs parents pour nous interposer, sortir des nasses, surveiller les conditions de garde à vue, interpeller le gouvernement directement au Parlement. Notre but n’est pas la récupération d’un mouvement. Nous savons que c’est impossible. Le vieux modèle des années où les partis instrumentalisaient un mouvement de jeunes façon Baron noir, ça n’existe plus. L’époque où les dirigeants socialistes se battaient entre eux pour contrôler telle ou telle faction de la mobilisation est terminée.
Le seul but possible pour nous, c’est d’être assez utiles pour être nous-mêmes « récupérés » par le mouvement et qu’il nous utilise jusqu’au point de nous faire siens. Nous avons théorisé cette rupture avec cinquante ans d’histoire de la gauche traditionnelle. Notre but n’est pas de diriger un mouvement mais d’être en osmose avec ses acteurs. C’est notre ligne d’action. Et c’est très exigeant sur le plan pratique.
Justement, le débat sur l’interdiction de votre mouvement refait surface, porté par le président du Sénat. Et jeudi, vous étiez convoqué à Matignon pour condamner les violences devant le reste des formations politiques…
Nous vivons une surenchère verbale qui échappe maintenant aux médias et aux politiciens qui l’ont enclenchée. Le moment est dangereux. La France n’a pas intérêt à un mouvement social qui se termine mal. Le monde entier nous regarde. Mais le scénario des provocateurs ne fonctionne pas. Partout, il y a des démocrates de tous bords politiques qui aiment leur pays et refusent de dédouaner le pouvoir macroniste en diabolisant LFI.
Quant à nous, nous sommes devenus une troupe endurcie. Nous avons déjà subi le guet- apens de l’affaire Deranque à Lyon, la grêle d’incriminations sous prétexte d’« apologie du terrorisme » après le 7-Octobre et j’en passe. À présent, l’opinion est même devenue moqueuse face à ceux qui se défaussent de tous les problèmes avec l’excuse « c’est la faute à Mélenchon ».
Cette fois-ci, beaucoup ne s’attendaient pas à ce que la charge soit sonnée contre nous, des gens de toutes sortes refusent d’y aider (même s’ils ne sont pas de notre bord) et nous défendent. Et qui pensait possible de voir la gauche traditionnelle faire bloc autour du mouvement des jeunes après avoir vu il y a si peu sa condamnation des révoltes urbaines ?
Dès lors, la manœuvre macroniste a échoué. Tout le monde le sait et le dit : le sujet, ce n’est pas LFI, ce sont les revendications. Et au tout premier rang, l’abrogation de Parcoursup, mais aussi le plan de 10 milliards pour les conditions d’étude. Sans oublier le blocage des prix contre la vie chère. Le pouvoir a réuni contre lui toutes les indignations : sociale, humaine, politique, citoyenne…
La question des violences et des pillages est au centre du débat depuis samedi. On vous demande depuis plusieurs jours de les condamner. Mais une fois qu’on les a condamnées, quelle signification leur donner ?
La violence populaire, l’émeute ou l’émotion insurrectionnelle ont-elles une place dans la longue histoire des mobilisations sociales de gauche ? Les insoumis n’adhèrent pas aux stratégies de guérilla urbaine ou de harcèlement des « symboles bourgeois ». J’appartiens à une génération qui en a vu l’échec et les conséquences jusqu’au bout, en Amérique latine notamment. Nous plaidons pour la non-violence. Non pour être plus gentils mais pour être plus efficaces. Ne confondons pas nous aussi la brutalité et l’efficacité. La révolution citoyenne des insoumis, c’est une révolution qu’on doit pouvoir faire gagner en gardant son enfant dans les bras en manif.
Sa victoire, ce n’est pas un coup de force de centaines d’intervenants violents mais c’est celle du nombre et de la force insurmontable des liens unissant par l’action des centaines de milliers de gens. Or, la violence introduit l’effet exactement inverse : elle réduit la surface de la participation et de l’implication populaire. Mettre à distance certaines formes de lutte, ce n’est pas se mettre à distance de la lutte. Nous ne voulons pas être une avant-garde qui injecte de la conscience, des mots d’ordre et des objectifs venus d’ailleurs que du mouvement social lui-même.
Notre rôle est de nous mettre au service du mouvement, de l’aider dans les transitions de ses phases et d’être identifiés comme débouché politique dans les institutions de pouvoir. Parce qu’au bout de la crise de régime, nous avons une solution pacifique et positive. Je la résume : la 6ème République et la Constituante. Cette société néolibérale est violente en milieu populaire. Elle affame, appauvrit et maltraite les jeunes. Un pauvre sur deux a moins de 30 ans. La jeunesse est passée d’une catégorie d’âge au statut de classe sociale précaire. Dans les années 1980, on avait son premier emploi stable à 20 ans ; maintenant à 27. Les jeunes voient bien le parcours des obligations mais pas celui des droits.
Et quand on les engage dans le droit à l’éducation, on leur en refuse le droit à l’accomplissement avec la loterie cruelle qu’est Parcoursup. On a résumé Mai-68 à la génération du plaisir de vivre, la génération d’aujourd’hui devient celle de l’inconvénient de vivre à cette époque. De quelque côté qu’elle se tourne, il n’y a que des discriminations. Et pourtant l’envie de vivre autrement reste toujours la plus forte !
Comment caractérisez-vous la réponse du gouvernement, dont le socle a été une répression brutale des mobilisations ?
Il y a une volonté de Macron d’afficher la « fermeté », à coups de gazages, de mutilations sans regrets et de phrases grandiloquentes. Mais on parle de nos jeunes gens qui bloquent la porte d’un lycée, pas d’une troupe d’ennemis. Et on doit constater qu’il existe désormais une culture de la lutte en « format Gilets jaunes ». On pouvait deviner qu’un des scénarios possibles serait la reprise d’un cycle avec des « actes successifs », samedi après samedi. C’est devenu une tradition populaire. Nous y sommes. Sans chefs, sans porte-parole. Le mouvement est une autoproduction permanente.
La priorité du pouvoir est de lui interdire absolument le sens politique qu’il porte : la condamnation de la politique néolibérale qui a ruiné le système éducatif français. La jeunesse tire sur le fil d’une pelote emblématique. À l’approche du 17 octobre, tout le monde sentait que ça allait être énorme. La date était présente depuis plus d’un mois sur les réseaux sociaux. On voyait ce qui nous remontait de partout. La surprise est venue quand la négociation sur l’organisation matérielle de la manifestation, conduite par les syndicats de jeunes et de salariés, a buté jusqu’à la veille de l’événement.
Le préfet de police, visiblement inexpérimenté, ou bien manipulateur, a fini hors délai par autoriser un rassemblement et un départ place de la République pour arriver place de Clichy. On redoutait la place de Clichy : elle est très étroite, et surtout elle oriente les débordements vers l’Élysée. Là, c’était la pagaille garantie. Or c’est quelque chose de vieux comme les manifestations à Paris : on n’a jamais le droit d’approcher l’Élysée et la place Beauvau. Franchement, il faut être très amateur pour ne pas comprendre ce qui se jouait avec un tel parcours autorisé.
Mais le jour dit, le commandement a tout aggravé lui-même en interdisant d’accéder au point de départ à grands coups de lacrymo. Au total, au départ comme à l’arrivée, il a lui-même provoqué la formation de dizaines de cortèges sauvages et construit la pagaille en préférant la chasse aux manifestants à la protection des commerces.
Que faites-vous de la police une fois que vous accédez au pouvoir ? Comment la mettre au service d’un projet politique comme le vôtre ?
J’étais en alerte sur la police depuis l’affaire Traoré. Mais la mort de la jeune Rayana, en 2022, a été pour moi un déclic. Un jeune policier qui tire dans une voiture et provoque la mort de la passagère au nom du refus d’obtempérer du conducteur, j’en suis toujours aussi révolté. Si plus personne ne réagissait, c’est qu’on aurait changé de monde. Ce n’est plus la France, ce n’est plus une police républicaine, c’est autre chose. Depuis ce jour-là, j’ai changé.
Beaucoup d’insoumis étaient déjà dans cet état d’esprit. Nous avons compris la nécessité de refondre la police de la cave au grenier. Elle s’est tellement compromise et déshonorée qu’il faudra refonder une tout autre autorité pour qu’elle soit respectée par la population. Au pouvoir, on reconstituera une force tranquille de proximité. On s’assurera de sa formation permanente. On lui offrira une perspective de carrière et même de changement de parcours professionnel dans laquelle il sera possible de progresser en faisant des efforts de formation.
On arrêtera de faire des carrières à l’envers, où les plus jeunes commencent dans les endroits les plus difficiles. On en fera une police qui vit avec la population, tout en s’en tenant à une certaine distance. Et chacun de ses membres sera sensibilisé au problème que posent dans une société libre le racisme, le sexisme et les discriminations qui minent la vie collective. On prendra au sérieux les gens qui en feront partie, et on leur demandera de prendre au sérieux la population au service de laquelle ils seront placés.
Allez-vous vous attaquer au sujet des armes dont dispose la police ?
Oui. Quelles armes ? Pour quoi faire ? Des grenades assourdissantes, abrutissantes, désencerclantes ou que sais-je encore ? Il y a beaucoup de pays où il n’y a rien de tout ça. Ces armes-là finissent toujours par être des armes mortelles. Il y a besoin d’armes pour certaines missions de police ? C’est l’affaire des spécialistes de nous dire exactement qui a besoin de quelles armes, dans quelles circonstances.
Et il est temps d’avoir une instance crédible de recours. L’IGPN ne l’est pas. Au total, on le sait tous : la situation actuelle n’est pas tenable. On doit et on peut faire autrement pour construire la confiance. Les méthodes pour y arriver sont d’une banalité absolue : l’éducation, la formation tout au long de la vie, une doctrine d’emploi de la police qui nous épargne le plus possible le recours à la force.
À quels points de repère historiques rattachez-vous l’analyse de la situation ?
On a beaucoup comparé le mouvement lycéen à Mai-68, mais ça n’a rien à voir. C’est plutôt aux Gilets jaunes que je le rattache : ce sont les mêmes mécanismes, la même spontanéité. En mai 68, il y a beaucoup moins d’étudiants qu’aujourd’hui, c’est une période d’ascension sociale. Et il y a 10 millions de travailleurs en grève, emmenés par la CGT de la charte d’Amiens révolutionnaire et la CFDT du socialisme autogestionnaire. Une autre planète ! Les dégâts sont cent fois ceux d’aujourd’hui dans les rues de Paris.
L’autre différence est dans la réponse : en face, à l’époque, il y a l’autorité de De Gaulle et un premier ministre, Georges Pompidou, qui fait la seule chose raisonnable, à savoir discuter et lâcher en une nuit des choses incroyables comme l’augmentation de 35 % du Smig (ancêtre du smic) et le droit de faire des sections syndicales dans les entreprises. Aujourd’hui, nous avons un président discrédité, en bout de course, qui a pris la parole pour ne rien dire. Et un premier ministre sans capacité d’initiative ni autorité, ni dans l’État ni face à l’opinion.
Tous les voyants sont au rouge. Enfin, la jeunesse à la manœuvre fonctionne différemment du passé. Des milliers de lycéens ont raconté sans fard à leurs parents la brutalité policière. Les parents, c’est la génération victorieuse du CPE. Et notre époque est aussi celle d’un renversement de la prescription sociale entre les générations. Les jeunes influencent leurs parents. Cela joue un énorme rôle dans l’enracinement populaire et familial de la sympathie pour le mouvement. Et en période d’activité populaire de masse, cela génère beaucoup d’organisation et de solidarités spontanées.
Le retour des couvre-feux, le débat sur l’état d’urgence, la sévérité des comparutions immédiates hier… Tout cela rappelle la façon dont l’État a géré les révoltes en Kanaky Nouvelle-Calédonie, les révoltes des quartiers populaires et d’autres encore par le passé. Jusqu’à la répression coloniale des mouvements indépendantistes, le 17 octobre 1961 par exemple. Tout cela fait-il un continuum ?
Vous avez vu David Lisnard qui dit « je m’en fous, je n’étais pas né » au sujet du 17 octobre 1961 ? Dans ce cas, on s’en fout de l’Alsace et de la Lorraine parce qu’on n’était pas né pendant l’occupation allemande ? Plus sérieusement, c’est un signal alarmant d’indifférence à l’histoire de son propre pays. Tous les mécanismes de la répression sont hérités des luttes coloniales. L’état d’urgence a été inventé pour la guerre d’Algérie dans un moment où l’on confond le peuple avec l’ennemi. Cette histoire, cette compréhension, cette connaissance s’est diluée, auto-occultée.
Sébastien Lecornu est caractéristique de cette amnésie. Il est déjà celui qui a envoyé des moyens militaires en Kanaky Nouvelle-Calédonie, la CRS 8 en Guadeloupe et en Martinique. Il est pétri de mentalité coloniale face aux catégories populaires, sans même s’en rendre compte. Nous, à l’inverse, nous avons compris la génération qui chante La Marseillaise devant les lycées comme à la fin de nos meetings. C’est la nouvelle France, celle du jamais-vu où l’action commence à Créteil et reçoit le soutien de la Catho ou d’Assas à Paris qui se mobilisent en solidarité avec les lycées de la banlieue.
Donc ce rapport qui s’est créé entre nous et le grand nombre n’a besoin d’aucune préparation, d’aucune instrumentalisation, propagande ou je ne sais quoi. La stratégie du pourrissement choisie par Lecornu et Macron n’a produit qu’un résultat politique : faire coïncider le calendrier du mouvement avec celui du budget à l’Assemblée nationale. Désormais, si le gouvernement ne sait pas comment arrêter le mouvement, le mouvement sait qu’il peut compter sur une motion de censure pour arrêter le gouvernement.
Car la motion de censure est inévitable si Lecornu refuse de mettre dans le budget les revendications. Il ne peut être sauvé que par le RN. Mais pour cela, il faut d’un côté que la diabolisation de LFI fonctionne et, de l’autre, que le RN soit accepté comme le parti de l’ordre par la force. Et prenons aussi de la hauteur : le pays veut-il infliger une défaite à sa jeunesse et lui promettre une vie sur le mode de Parcoursup ? Au total, oui, le moment est fondateur à sa façon.
Propos recueillis par Sarah Benhaïda et Ilyes Ramdani